Hay palabras para la recriminación, hay palabras para las quejas y hay palabras para todo.
Hay miles de letras que sirven para la expresión y la forma de hacerlo depende de la sagacidad de su manejo, para convertirlas en amedrentadoras, crear sentimientos o dudas profundamente escarbadas de la ética, o convertirlas en inmoralidad nimia y pueril.
No todos son diestros entre palabras; no le pertenece a cualquiera el “don” de expresión, todos podemos escribir, mas no es lo mismo a interpretarse claramente con simbolismos de contenido gravados donde sea.
Todos queremos declarar con manifiestos en papiros, pero la suavidad de la queja y lo determinante de la recriminación depende no solo del carácter del actuante, necesita la habilidad emotiva de un escritor y la textura de un literato.
Si bien es cierto, entre la queja y la prosa, esta en medio un creador; por eso no todos los que se quejan lo saben hacer y no todos los que recriminan lo deberían hacer.
Hay que darse cuenta y entender que hay quienes lo hacen y se les aplaude; también habemos a quienes nos discriminan por recriminar; existen por desgracia otros que su recriminación no suena desde su alma y solo sale de su frustración, de su incapacidad de ser, y de su inhabilidad de reconocer. No se decir quienes somos los peores.
Creo tener la certidumbre y reitero diciéndolo, “no todo el que se queja sabe hacerlo y no todos pueden recriminar”.
El mundo humano por completo tenemos por recriminarnos y nos recriminen, igualmente tenemos que recibir el mal. El conflicto surge entonces y la contradicción es que ahora hasta los ciegos ven venir las letras y los mudos pueden hablar, el tonto como sierre escucha y critica. Como se atreve a quejarse el sordo del ruido de una ciudad si solo ha escuchado de sus adentros lo que ni de su voz entiende.
Así es entonces, “no todos pueden recriminar”, porque no todos pueden escribir palabras, tal vez solo letras y con letras no se debe expresar lo que se siente, porque se termina declarando lo que no se siente.
Quejarse es un conjunto de saber, no solo de exteriorizar; para quejarme debo comparecer y enfrentarme a más de dos versiones, mas no puedo ser de dos formas si no soy compasivo y sentimental; podría caer haciendo simples y vacías interpretaciones, entonces solo puedo ser egoísta e individual; jamás podría asegurar mi ego ni mi verdad, seria por siempre un idiota que pretende sin sentido reclamar.
Existen seres virtuosos, también hay habilidosos, hay frustrados y la mayoría.
No solo los virtuosos pueden ser mentores, se pueden desarrollar las cualidades; se pueden conocer palabras y hasta se pueden suponer entendidas las creencias. Algunos sientes dominar ya el mundo con sus lecturas breves y someten a su juicio a los demás seres; olvidan de origen, que ni el conocimiento basta para dominar, que las letras requieren virtuosismo para manipular porque son nobles y el probo es bifronte.
Los deshonrados inhábiles, pretenden con solo las frustraciones aclarar lo que en su minimizado mundo no fructifica; achacan al resto esa culpabilidad, la tengan o no, aquellos no comprenden el fundamento de su calamidad, están absortos en si mismos porque son igual que los demás.
La carencia de originalidad los pierde en lo cerrado de su sencillo pensar, no diferencian que hay algo más profundo, que en la vida hay mas que aprender que un solo “libro autoral” y se les va la sabiduría que el mentor mundo les puede brindar.
Cierran su mundo y lo vuelven “ortodoxal”, critican con idea prestada y no distinguirán nunca la “dialectialidad”.
Como pueden ser mentores si en los actos no acuden a los orígenes de lo real y acusan sin verdad; cuando tienen la idea de la percepción solo se quedan en esa superficialidad que es su propia existencia frustrada, la cual brilla con las muchas y elaboradas palabras de sus lecturas dirigidas, forzadas, especificas y escasas.
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