domingo 21 de marzo de 2010

40. De alguien tan común

Sujetando mi razón en la mano izquierda y detenido mi odio en la derecha, intento no reflexionar en tus palabras, pero tengo ocupadas las manos. Te atreviste a mencionarme el tiempo, un enemigo que su sola presencia me desgasta.

¿Dices que me das esperanzas? Quisiera verme al espejo y descifrar ¿de qué tengo cara?
O que les asemeja cuando la ven; ¿creerán acaso ver en espejismos la palabra estupidez? Enfermos tienes los ojos y no dudo que dañado ese cerebro. Debo admitir que es más factible que solo seas tan común como cualquiera o una cualquiera tan común.

Esas son para los débiles, mi corazón es duro y calloso por las veces que todavía rebota en el suelo, que nos gusta que aun pase; él se acostumbro tanto a los madrazos que ya los requiere para complementar el oxigeno que le da el aire, golpes bajos para su gozo y diversión, su marcapasos para disfrutar la sensación de vida.

Así vivir hoy parece un sufrir en mi, y ahí confunden la esperanza los que no saben ver. Esa es la verdadera debilidad.

Si ser fuerte no es dejar aquello pese al dolor, cualquiera que eso sea. Si no es abandonar lo que sea que te mantenga vivo, por mantener lo que reste del orgullo aunque ya no sea ni integro ni puro; el si y el entonces es, que soy lo que de verdad no conoces.

Si ser fuerte crees que sea luchar por lo que quieres manteniendo inútilmente la esperanza, yo afirmo que te conozco, eres lo que son todos. Serás por siempre esa imagen necesaria para dar vida al engaño; porque eres la fantasía que mantiene vivo al fracaso en el humano.

Debes de ser una de mil millones. Por eso me gustaste por ser cualquiera y por lo mismo no te puedo amar; caigo en cuenta que no al amor no estoy imposibilitado, no tengo el sentimentalismo restringido, es tan solo un viejo mal de mis ojos, porque de simple vista soy muy superficial.

No me vuelvas a dar esperanzas, no juegues con la burla, cuida tus pasos midiendo las palabras. En el momento que yo lo quiera, soltaras la mano de la vida, te demostrare que no eres helio y que no sopla para ti la brisa. No pendo de tus falsedades, caerás con ellas.

Azotaras sin rebotes y aunque te hundieras más bajo que mi piso, podrán besarte mis placeres y te oxigenaran como a mi. Déjame entonces sentir pena por ti porque “un común” aquello jamás aprenderá a disfrutar.

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